Hay citas que no necesitan presentación, y Galicia Wine Taste ya juega en esa liga. Lo vivido el pasado 23 de marzo de 2026 en el Hotel Monumento San Francisco de Santiago de Compostela no fue solo una feria: fue la constatación de que el vino gallego lleva años haciendo las cosas bien…
El planteamiento es claro: reunir en un mismo espacio una selección cuidada de bodegas —más de 60— y cerca de 300 referencias para ofrecer una fotografía real del momento que vive el sector. Un evento pensado tanto para profesionales como para aficionados, donde el vino no se explica desde un mostrador, sino desde la conversación directa con quien lo hace.
Galicia Wine Taste refleja el crecimiento y prestigio del vino de Galicia
Aquí no hay artificio. Hay territorio, hay identidad y hay una forma de entender el vino que mezcla tradición, conocimiento y una mirada abierta al mundo.
Bodegas participantes: diversidad, territorio y criterio
Uno de los grandes aciertos de Galicia Wine Taste es la selección. No se trata de acumular nombres, sino de construir un relato coherente del vino atlántico.
En la edición de 2026 convivieron bodegas de todas las denominaciones de origen gallegas —Ribeiro, Rías Baixas, Ribeira Sacra, Valdeorras y Monterrei— junto a proyectos invitados como los del Bierzo o incluso elaboradores de fuera de Galicia que comparten filosofía.
El nivel medio fue alto, muy alto. Se percibe una evolución clara: viticultura más precisa, menos intervención en bodega y una apuesta decidida por expresar el viñedo.
También se nota el relevo generacional. Hay juventud, pero con respeto. No se rompe con lo anterior, se afina.
Las bodegas que nos detuvieron: vinos con alma y discurso
En un evento de este nivel es imposible probarlo todo. Pero sí hay proyectos que te obligan a parar, escuchar y entender lo que hay detrás de cada botella.

Alma das Donas 
Anónimas 
Régua 
Gramona 
Algueira 
Vizinho Vinhateiro 
Silice Viticultores – Organizadores de Galicia Wine Taste
Anónimas Viticultoras (Rías Baixas)
Un proyecto con sentido. Recuperación de viñedo antiguo, variedades autóctonas y una narrativa que pone en valor el papel de tantas mujeres invisibles en la historia del vino. Su rosado Dunares vuelve a demostrar que hay otra forma de entender este tipo de vinos: frescura, carácter y origen.
Bodega Régoa (Ribeira Sacra)
Historia pura de la Ribeira Sacra. Viñedos en bancales del Sil, orientación sur, suelos de pizarra y arena y una viticultura que permite trabajar con levaduras propias gracias a una sanidad excepcional del viñedo.
Aquí hay una idea clara: vinos para guardar. Régoa sigue siendo una referencia cuando se habla de capacidad de envejecimiento en la zona.
Alma das Donas (Ribeira Sacra)
Desde Pombeiro, en pleno corazón de la Ribeira Sacra, Alma das Donas representa una de esas bodegas que explican por sí solas el sentido de este territorio. Aquí no hay atajos: hay esfuerzo, hay pasión y hay una forma de trabajar donde el vino es consecuencia directa del viñedo.
Sus parcelas, colgadas sobre las laderas del Sil, se asientan sobre suelos graníticos y miran al sur-suroeste. Esa combinación —pendiente, orientación y suelo— genera un microclima muy particular, capaz de dar vinos con identidad marcada, profundidad y equilibrio.
Es, sin duda, uno de esos proyectos que encajan perfectamente en un evento como Galicia Wine Taste. Porque cuando se habla del potencial de la Ribeira Sacra, no se puede hacer desde lo superficial. Hay que bajar al viñedo, entender su dureza y valorar propuestas como Alma das Donas, que traducen todo eso en botella sin perder el alma.
Gramona (Corpinnat, Penedès)
Un contrapunto necesario. Gramona no trabaja bajo el paraguas del cava, sino dentro de Corpinnat, una marca colectiva que exige origen, viticultura ecológica y largas crianzas.
La diferencia es clara: mientras el cava permite un espectro más amplio, Corpinnat aprieta en exigencia y pone el foco en el terruño y el tiempo.
Gramona juega en otra liga en cuanto a crianza: espumosos que pasan años —incluso décadas— en rima, con una elaboración artesanal que incluye removido y degüelle manual. Aquí el tiempo no es un coste, es una herramienta.
Vizinho Vinhateiro (Dão, Portugal)
Un perfil distinto que suma. Un elaborador francés trabajando en el Dão portugués, con una visión muy limpia del vino: frescura, precisión y respeto absoluto por la materia prima.
Un buen recordatorio de que el Atlántico no entiende de fronteras.
Sílice Viticultores (Ribeira Sacra)
Uno de esos proyectos que entienden perfectamente dónde están. Fundado en 2013, recupera viñedos de gran pendiente en Sober y trabaja con una filosofía clara: mínima intervención y máxima expresión del viñedo.
Sin herbicidas, con trabajo manual y elaboraciones que respetan el carácter de cada parcela: levaduras autóctonas, barricas usadas y nada de artificios. Vinos honestos, sin ruido.
Adega Algueira (Ribeira Sacra)
Un clásico que nunca falla. Desde Doade, Algueira lleva años demostrando que la Ribeira Sacra tiene recorrido, tanto en tintos como en blancos.
Destaca especialmente su trabajo con variedades como la Merenzao, capaz de dar vinos finos, elegantes y con personalidad. Además, su apuesta por el enoturismo y la recuperación del paisaje los convierte en algo más que una bodega: son un proyecto de territorio.
El papel de los colleiteiros: defender el origen desde la raíz
En un evento de esta dimensión, la presencia de bodegas de colleiteiro tiene un valor especial.
Los colleiteiros —que integran la Asociación Galega de Vitivinicultura Artesanal— representan una forma de hacer vino basada en lo esencial: viñedo propio, producciones limitadas y una conexión directa con la tierra.
Su apuesta por la zonificación del viñedo no es marketing, es futuro. Clasificar, entender y diferenciar parcelas es el camino para llevar el vino gallego a un siguiente nivel de reconocimiento.
Son pequeños en tamaño, pero grandes en discurso. Y, sobre todo, necesarios.

Casal do canteiro 
Microparaxes
Casal do Canteiro
Casal do Canteiro es uno de esos proyectos que nacen despacio, con raíces profundas y con la convicción de que las cosas que merecen la pena llevan su tiempo. De reciente creación, pero con una base histórica sólida, es una adega que conviene conocer cuanto antes, porque reúne todo lo que hace falta para crecer con sentido: pequeña producción, criterio y una identidad muy clara.
La bodega se asienta en una casona del siglo XVIII que, lejos de ser una vivienda convencional, fue desde su origen una adega rodeada de viñedo. La historia familiar marca el rumbo del proyecto: el abuelo, cantero de oficio, adquirió la propiedad en subasta en los años cincuenta, y desde entonces la viticultura quedó ligada a la familia como algo más que una actividad agrícola.
Durante años fue una ilusión latente, hasta que en 2023 se hizo realidad con la apertura de Casal do Canteiro. La restauración se realizó respetando la esencia original del edificio, adaptándolo a las exigencias actuales sin perder su carácter. Hoy, de esas paredes que aún conservan memoria de trabajo y esfuerzo, nace un blanco elaborado con Treixadura y Torrontés, al que pronto se sumarán nuevas elaboraciones, entre ellas un tinto de castes tradicionales y un Treixadura criado en barrica.
Es un proyecto joven, sí, pero con una base emocional y cultural que le da profundidad. Y eso, en el vino, siempre se nota.
Microparaxes
El otro proyecto de colleiteiro presente en el evento que merece una mención especial es Microparaxes, una propuesta que parte de una idea muy clara: el vino nace en parcelas concretas, en lugares pequeños, y ahí es donde está la verdadera identidad.
Su trabajo se apoya en las mismas parcelas de minifundio que ya cultivaba la familia desde generaciones atrás. No hay expansión artificial ni búsqueda de volumen, sino continuidad. Preservar el paisaje y la historia del territorio no es un discurso bonito, es una responsabilidad asumida desde el viñedo.
La viticultura se plantea desde el equilibrio natural del ecosistema. Se cuida la salud del suelo y se mantienen prácticas tradicionales que nunca debieron abandonarse, como la coplantación de variedades, una herramienta histórica que garantiza diversidad genética y aporta complejidad natural a los vinos.
En bodega, la línea es coherente con el trabajo en el campo: mínima intervención y máxima pureza. Se evita cualquier tipo de corrección innecesaria o perfil industrializado. La uva manda, y cada añada debe hablar con su propia voz, sin disfraz.
Todo esto se sostiene en una producción limitada, a escala humana, donde el manejo familiar permite controlar cada detalle. El resultado son vinos que no buscan parecerse a otros, sino reflejar con fidelidad el paisaje del que proceden y el trabajo paciente que hay detrás de cada botella.
Un escenario a la altura: el claustro del Hotel Monumento San Francisco
No es un detalle menor. Ubicar el evento en el claustro del antiguo convento de San Francisco es un acierto total.
La piedra, la historia y el silencio contenido del espacio encajan con lo que allí ocurre: vino que viene de lejos, que habla de generaciones y que necesita contexto para entenderse.
Para cerrar
Galicia Wine Taste no es una moda pasajera. Es una consecuencia lógica de años de trabajo bien hecho en el viñedo y en la bodega.
Desde aquí, solo queda reconocer el acierto de la organización: por la selección, por el formato y por el lugar. Y por entender que el vino gallego no necesita exagerarse. Solo necesita mostrarse tal como es.








